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lunes, 17 de enero de 2022

El culto a la personalidad, una práctica de la que Rafael Lacava es un patético ejemplo

Por Maibort Petit

   Tuvieron que transcurrir doce años de la muerte del Libertador, Simón Bolívar, para que se erigiera en 1842 el primer monumento en el mundo en su honor. Esto ocurrió a propósito del traslado de sus restos mortales desde Santa Marta, Colombia, a Caracas, el 17 de diciembre de dicho año.

  La Columna a Bolívar —que así se denomina— se levanta en la Plazuela de Mucujún del Mérida, una iniciativa del entonces gobernador de la referida provincia, Gabriel Picón González, quien el 25 de julio de 1842, programó el homenaje en concordancia con el decreto del Ejecutivo nacional de fecha 30 de abril de 1842, relativo a la celebración de las exequias del Padre de la Patria.

  Y entretanto al Libertador de cinco naciones se le rindió tributo transcurridas más de dos décadas de su fallecimiento, el ego del gobernador del central estado Carabobo en la actualidad, Rafael Lacava, le impuso a la ciudadanía de esa entidad el tener que rendirle culto en un complejo deportivo de la ciudad costera de Puerto Cabello, anteriormente gobernada por él y de la que también es oriundo.

    No se trató de una sorpresa ni de un homenaje planificado por un tercero, sino de un mero acto de egocentrismo del propio mandatario regional quien, sin que se haya ofrecido explicación alguna acerca del origen de los fondos que pagaron tal ejercicio de egolatría.

 Un acto catalogado por el dirigente del Movimiento Por la Democracia, Sergio Sánchez, como una “gravísima desviación en un gobernante. Creerse un prócer, líder que trasciende la historia y por tanto merecedor de una estatua en vida”.

  Sánchez aseveró que se trata de una acción consecuencia del “ego patológico” del gobernador chavista.

  La estatua está ubicada en el citado complejo deportivo rebautizado con el nombre del futbolista argentino, Diego Maradona, a quien, igualmente, se le erigió una efigie de 12 metros, un adefesio del peor gusto del que Lacava se jacta y promociona como el monumento más grande al atleta albiceleste en Latinoamérica.


Culto a la personalidad

   Una de las características de los regímenes de autoritarios es el culto a la personalidad que en ellos se fomenta, llegando en ocasiones a la adoración y adulación excesiva del líder o caudillo carismático. Tal es el caso del finado expresidente Hugo Chávez, quien en vida vivió de la lisonja y después de muerto se ha convertido en imagen de culto e idolatría. El Cuartel de la Montaña se ha instituido como su centro de devoción.

   Los líderes son elevados a tal extremo de que se convierten en figuras casi religiosas o sagradas. Un ejemplo patente de ello es el régimen de Corea del Norte donde los catalogados como líderes supremos ya fallecidos, Kim Il-sung y su hijo Kim Jong-il —abuelo y padre del actual mandatario Kim Jong-un— son idolatrados a límites inimaginables.

  En esa nación oriental recientemente se llegó al extremo de prohibir durante once días la risa de los ciudadanos. Desde el 17 de diciembre, fecha del décimo aniversario de la muerte de Kim Jong-il, el régimen estableció la prohibición de reír, un luto emocional en el que nadie podía hacer bromas, reírse, tomar alcohol, festejar o disfrutar del solaz y el esparcimiento. La veneración, adoración mejor, de las estatuas e imágenes de dichos líderes supremos es un hecho común.

   Muchos son los ejemplos en el mundo, pero el caso de Rafael Lacava en el estado Carabobo resulta patético, al ver cómo él mismo promueve su adulación. La estatua en su honor no responde a un homenaje de terceros o de alguna institución o movimiento civil, sino que fue una iniciativa del gobernador, ávido de culto y lambisconería.

  El mandatario regional ha sido criticado por querer imponer su figura y su criterio a costa de lo que sea, un autoritarismo que Lacava esconde detrás de una imagen de aparente simpatía que recurre al chiste barato y la parodia de extremos caricaturescos y que ha convertido a “Drácula” en una marca política que identifica su imagen y su gestión. Una práctica que, según todo deja ver, está muy distante de desaparecer pues, el mandatario insiste en su autopromoción por todas las vías posibles, entre ellas las estatuas que pudieran comenzar a replicarse por toda la entidad bajo su égida.