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martes, 7 de junio de 2016

¿Es el diálogo, una salida a la tragedia que vive Venezuela o una simple herramienta para que el régimen gane tiempo?

Por Maibort Petit
@maibortpetit


Frente al incremento de los conflictos sociales, el gobierno ha decidido dar una respuesta militarizada, con lo cual incurre en la violación de los derechos humanos. Es esa la razón por la que el régimen no quiere someterse a un escrutinio.

En los últimos 17 años, la comunidad internacional y los sectores políticos del país han planteado la estrategia del diálogo como método para solventar la crisis de gobernabilidad que vive Venezuela.  El diálogo es el método pacífico -ideal- para disminuir la conflictividad. No obstante, requiere de la buena voluntad de los sectores en pugna.  En la era chavista, todos los intentos de diálogo han fracasado y el actual llamado, parece no ser diferente a los anteriores.

Hay una enorme barrera para concretar un diálogo en el país: El gobierno no quiere dialogar ni acepta ser escrutado. El diálogo sería la vía más factible para un entendimiento nacional pero lamentablemente la cúpula oficial se niega al reconocimiento y al respeto del oponente. 

En Venezuela existe desconfianza entre las partes y ese factor priva para concretar un entendimiento que permita disminuir la conflictividad. Para nadie es un secreto que una amplia mayoría de la sociedad venezolana desconfía del gobierno y de los militares. A su vez, el gobierno desconfía de la oposición y de los sectores sociales empeñados en un cambio democrático. Por su parte, la oposición conoce los verdaderos objetivos del oficialismo y de los "mediadores o facilitadores" escogidos por el régimen para liderar la conciliación.

Si bien recordamos, el primer intento de diálogo se produjo cuando Hugo Chávez estaba al frente del gobierno, con la mediación del colombiano, César Gaviria en la llamada Mesa del Diálogo, cuyos resultados nunca se cumplieron(2002-2003). Luego, hubo otro intento de "diálogo" con el grupo de Unasur encabezado por Ernesto Samper, que tampoco resultó (2014), y ahora con el expresidente español, José Luis Rodríguez Zapatero (2016).

Un país descarrillado al borde del abismo

El escenario actual de Venezuela muestra una descomposición social, económica y política cuya solución requiere del esfuerzo de todos los sectores, sin exclusión alguna. Es tan grave el grado de conflictividad que necesariamente todos  aquellos interesados en un cambio real debemos actuar, dejando de lado los intereses particulares para centrarnos en un sólo objetivo: detener la crisis humanitaria que se avecina y la inminente explosión social, que traerá como resultado la actuación de las fuerzas armadas y, por ende, bajas importantes en la población civil.


Hay que hacerlo antes que sea demasiado tarde

Es urgente concretar un verdadero acuerdo nacional en el que prive una sola meta: sacar a Venezuela del abismo y reconstruirla en base a un plan país donde todos extremos se reconozcan, de ta manera que se pueda trabajar en conjunto para recomponer las instituciones. Tenemos que proponernos zanjar las profundas heridas que ha dejado en cada uno de nosotros la experiencia del modelo chavista. 

Un instrumento para quedarse

Frente a la explosiva realidad, el diálogo aparece (para la mayoría del país) como un instrumento usado por el gobierno para ganar tiempo y evitar -a toda costa- que se realice el referendo revocatorio en 2016. La  idea del gobierno es seguir manipulando los actores políticos, presionando para que el colectivo obedezca y acepte la autoridad por la fuerza. Hoy como ayer, el régimen pretende hacerle creer a la comunidad internacional que está dispuesto a "sentarse a dialogar con la oposición" y que los violentos son los del lado contrario.
 La actuación de los jerarcas del régimen refleja que no existe un sentimiento de buena voluntad por parte de quienes ostentan el poder para buscar una salida a la crisis.
Por su parte, la oposición, a pesar de los extraordinarios esfuerzos que se han hecho para fortalecer la unidad,  mantiene sus divisiones (radical, moderada y extremadamente moderada-llamada colaboracionista por algunos) que son propias de la cohesión de varios grupos políticos con visiones diferentes sobre el país. 

Para dialogar, la MUD pide condiciones mínimas que el gobierno rechaza de plano. Frente a los dos bandos en pugnas aparece un mediador cuya objetividad está comprometida, entre otras cosas, porque ha mantenido relaciones políticas y comerciales con gobierno desde hace varios años. La relación de compromiso con el oficialismo anula la posibilidad de José Luis Zapatero para acometer -de manera objetiva- la enorme tarea de sentar al gobierno y a la oposición en una mesa y hacer un esfuerzo para que ambos sectores reconozcan al oponente, los respeten y  acepten dar lo mejor de sí para crear una negociación efectiva para solventar la crisis. 

La naturaleza de la conflictividad política y social que vive el país requiere de medios efectivos para canalizar una resolución del conflicto. 

El no reconocimiento de la oposición por parte del gobierno hace que sea extremadamente difícil que haya diálogo. El gobierno es de naturaleza autoritaria, y por tanto, trata de resolver la crisis a través de la implementación de fuerza.

 No hay solución rápida

La búsqueda de un desenlace inmediato de la tragedia nacional es un anhelo de grupos opositores. ¿Sacar del poder a Maduro y sus colaboradores significaría el fin del conflicto?. Si bien es un factor clave para el remedio, un mero cambio de cúpulas no es la culminación del caos, sino una parte de un proceso de transformación mucho más complejo.

La solución al conflicto venezolano compromete varias generaciones y un arduo trabajo que podría durar varias décadas y cuyo éxito va a depender de varios factores, entre ellos, el compromiso  y la visión del grupo que asuma el poder a futuro y la naturaleza del acuerdo.

El liderazgo político actual y aquél que asuma las riendas de la transición, debe ser responsable al comunicar la magnitud del problema y la complejidad de la solución. La politiquería y la demagogia debe dar paso a la cordura y a la seriedad.




Un acuerdo nacional con gente comprometida con Venezuela

El problema del país va mucho más allá del autoritarismo del régimen y los anhelos de cambio de una población agotada de los abusos reiterados del poder a lo largo de más de tres lustros. El conflicto que vive Venezuela exige un acuerdo nacional sobre un modelo de país diferente al actual, basado en principios diferentes a los fracasados. La solución incluye un alianza entre los sectores civiles, académicos, políticos y, en especial, una concientización de la casta militar, en cuyo seno existe un enorme grado de descomposición, cuyos rangos altos y medios se han acostumbrado al pillaje, a la corrupción y muchos han establecido vínculos con el narcotráfico. 

En estos momentos, las fuerzas armadas están divididas en dos bandos, uno de los cuales está dispuesto a levantar las armas contra el pueblo para evitar el cambio.

Lo posible

Por ahora, hay que seguir apostando a una salida pacífica, constitucional y democrática. Hay que seguir presionando (nacional e internacionalmente) para que se logre un compromiso real para la reconstrucción del país. La gravedad de la situación nos obliga a concertar para evitar lo peor.

Los factores que produjeron el Caracazo, 20 años atrás, están presentes y potenciados en el escenario actual. La masa hambrienta está dispuesta a salir a saquear, y el Estado está listo para aplicar el monopolio de violencia. 

Las Fuerzas Armadas Nacionales parecieran estar dispuestas a masacrar al pueblo.


**** Zanjar las heridas, producto de los odios impulsados por Hugo Chávez y sus sucesores, requiere de tiempo, de re-educación y de un compromiso social  firme y desinteresado. 

****Todo indica que el tiempo se está agotando. No hay concientización por parte de los jerarcas del gobierno y del algunos actores políticos sobre la urgencia de buscar una solución a la crisis. 

****Un diálogo sincero necesita que previamente se acepten condiciones mínimas, tales como: libertad de los presos políticos, cumplimiento de la ley, realización del referendo, aceptación de la ayuda humanitaria, parar la violación de los derechos humanos.

****El oficialismo cerró la ventana al entendimiento, y lejos de bajar la presión, ha tomado acciones que han encendido más el conflicto, haciendo que la situación el país sea inmanejable y se constituya un caldo de cultivo perfecto para otro tipo de peligrosas aventuras .

¿Se requiere la actuación internacional?

Si hace falta un arbitraje internacional. Se necesita con urgencia un mecanismo que obligue al entendimiento, para lo cual es indispensable que los mediadores gocen de la confianza de los sectores en pugna, que a su vez permitan que las partes acepten transigir en pro de la consecución de un acuerdo razonable que implique una convivencia mínima tolerable. 

****Por ahora no hay muestras que oficialismo vaya a cambiar su estrategia perversa de usar la represión, el miedo, el terror, y los ataques de los brazos armados legítimos e ilegítimos, para mantener el poder.

****

La experiencia en los últimos años, es que cuando el régimen desea "imponer el diálogo", el resultado es mayor conflictividad. No existe diálogo impuesto. La imposición es un engaño, es el  uso de una valiosa herramienta de la negociación de conflicto para que un bando pueda mantenerse en el poder, ganar tiempo y apostar a que ocurra otro evento que le permita disuadir a la población y retomar el control que por ahora parece haber perdido.






domingo, 5 de junio de 2016

Abulia colectiva, una epidemia que padece la población venezolana

Por Maibort Petit
@maibortpetit

Definitivamente para vivir hay que tomar partido, actuar, opinar, tener una posición política. Esa es la regla de la vida. Lo contrario es ser abúlico, un parásito que se alimenta de los miedos, un indiferente que se detiene frente a la actividad. Por años, los abúlicos se han convertido en el peso que sumerge a las sociedades en el abismo, a merced de un solo hombre, o de un grupo, que le roba la voluntad al colectivo para hacer lo que se le venga en gana. Los abúlicos son una especie de cáncer que corroe el entusiasmo y la acción de cambio, el ancla que logra anquilosar a un pueblo y lo lleva a su autodestrucción...cómo quisiera que hubiese el remedio universal contra la indiferencia. 


Preparados para entregar la voluntad 

Por aquellos tiempos se corría el rumor de cambio a lo largo y ancho del país. 1998, el Congreso, que para la época era bicameral y en su seno se hacían leyes, discutía sobre los escenarios futuros que se configuraban a una velocidad galopante. Recuerdo que conversé con Pepe Rodríguez Iturbe, amigo, tutor y profesor. Hablamos sobre los cambios que se imponían en el país, y sobre la incapacidad de la sociedad de advertir los peligros que llevarían al traste las libertades democráticas y la institucionalidad que se había edificado en Venezuela, y que a pesar de los desaciertos de los gobiernos de la segunda mitad del siglo XX, permanecía aún con posibilidad de ser rescatada y mejorada. Pepe me comentó que temía lo peor y yo estuve de acuerdo con él. El país marchaba a su autodestrucción. Años después observaríamos que el cambio que se empezó a ejecutar desde 1999, empezaba a dar sus frutos. Poco a poco una gran parte de la sociedad se fue fosilizando, padeciendo una epidemia de abulia, de noluntad, que nos llevó convertirnos en un país atrofiado, paralizado, tullido. 

Hoy, Venezuela es un perfecto ejemplo de dejadez.  Una sociedad que aprendió a aguantar, que desarrolló un nivel incomprensible de tolerancia a la crueldad. Un país donde millones de personas no saben a dónde van, qué hacer y a dónde pertenecen. La sociedad venezolana pasó a ser un arcoiris emocional, una generación frustrada que vive  en un país que no reconoce, donde no encaja, y donde poco a poco se le ha quitado valor a la vida. 

En el proceso de cosificación del país, una gran parte de la sociedad perdió la capacidad de reacción, la voluntad de actuar para defenderse de los abusos del poder.

¿Qué es la abulia colectiva?
Una epidemia que se roba la voluntad de actuar

Pareciera que la población venezolana asiste impasible a su propia destrucción. Inerte ante los hechos que día a día se suceden y trastocan el desenvolvimiento normal de cualquier sociedad, en Venezuela, el pueblo —salvo algunos episodios en los que parece reaccionar a manera de espasmos— se mantiene inmutable, casi inconmovible ante el escenario en el que su propia ruina tiene lugar.

El diccionario recoge una definición que, a juicio de algunos, define perfectamente este comportamiento —o falta de él— del venezolano: la palabra “abulia”, derivada del griego aboulia que se refiere a la “ausencia patológica de voluntad, sin que exista un trastorno somático ni intelectual”. Siendo que por abúlico se tiene a quien padece de abulia, estaríamos, por tanto en Venezuela, según el rigor de los términos, frente a una población abúlica.

Ya en términos neurológicos, la abulia está referida a la falta de voluntad o iniciativa y de energía. Se trata de uno de los trastornos de disminución de la motivación y forma parte de los trastornos de la motivación disminuida, como son la apatía, siendo menos extrema, y el mutismo acinético, que es más grave que la abulia. 
Así tenemos que un paciente con abulia será una persona incapaz de actuar o tomar decisiones de forma independiente y cuya patología presenta varios estadios que pueden ir de lo sutil hasta lo abrumador. 

A la abulia —también conocida como la enfermedad de Blocq— fue considerada desde un principio como un trastorno de la voluntad, una alteración patológica de ésta. Quien padece de abulia puede experimentar una ausencia total o parcial de la voluntad, que se expresa en la incapacidad para tomar decisiones y ejecutarlas. 
En la práctica educativa este término se suele aplicar a ciertos estados transitorios de inadaptación del niño, como pueden ser los estados de indecisión, inercia, pereza, etc.

El padecimiento de la abulia lleva a quienes la sufren a ser incapaces de tomar una decisión frente a un dilema siendo que, incluso, aun a sabiendas de que algo es lo más deseable o adecuado, son incapaces de afrontarlo.

La psiquiatría acuñó el término en Francia durante la primera mitad del siglo XIX y el primero en emplear la palabra en castellano fue Elías Zerolo, filólogo y traductor español establecido en París, en su Diccionario enciclopédico de la lengua española, quien la definió así: “Especie de locura en que domina la ausencia de voluntad”.

Sin embargo, quien popularizó el término en español fue Ángel Ganivet, un escritor y diplomático que vivió entre 1865 y 1898, quien acusó que la crisis de fin de siglo XIX que sufrió España era consecuencia de un problema colectivo fundamental: la abulia.

"Si yo fuese consultado como médico espiritual para formular el diagnóstico del padecimiento que los españoles sufrimos (porque padecimiento hay y de difícil curación), diría que la enfermedad se designa con el nombre de 'no querer', o en términos más científicos, con la palabra griega ‘aboulía’, que significa eso mismo: ‘extinción o debilitación grave de la voluntad”.
Conformarse con lo que hay, ya que nada puedo cambiar
Refería Ganivet la existencia de una forma vulgar de abulia común en el grueso de la población, pues todos, incluyéndose, en algún momento de nuestra vida la hemos podido experimentar.  “¿A quién no le habrá invadido en alguna ocasión esa perplejidad de espíritu, nacida del quebranto de fuerzas o del aplanamiento consiguiente a una inacción prolongada, en que la voluntad, falta de una idea dominante que la mueva, vacilante entre motivos opuestos que se contrabalancean, o dominada por una idea abstracta, irrealizable, permanece irresoluta, sin saber qué hacer y sin determinarse a hacer nada?” (Idearium español, pp. 162-63).

Otro escritor español que echó mano del concepto  —como lo hicieron varios de la generación del ‘98— fue Miguel de Unamuno, aunque lo utiliza acentuándolo en la “i”, abulía, queriendo así respetar la pronunciación griega. “Hay abulía para el trabajo modesto” (En torno al casticismo, V, OC, III, 295).

Coincide con Ganivet en los síntomas del mal en el capítulo de uno de sus escritos titulado “Sobre el marasmo actual de España”, al tiempo que aplica términos sinónimos —aunque con matices distintos— como nicodemismo, noluntad y gana. El primero de ellos referido al personaje bíblico Nicodemo, que aparece reseñado en el Evangelio (Juan, 3.1-15), cuando se acercó a Cristo de noche por miedo a que le descubrieran los fariseos, lo que a juicio de Unamuno denota la grieta entre la decisión de emprender un camino y el miedo a dar el paso necesario.

También Unamuno aplica el término noluntad para referirse a la abulia. 
La noluntad, según la Real Academia de la Lengua Española, es el “acto de no querer”.
“España es una nación abúlica y, como tal, está a la defensiva… Esto no es querer algo, no es voluntad, es no querer, es noluntad, o si se quiere, abulia” (1914, XI, 332-33). 

En toda la obra de Unamuno es posible encontrar la gana: el deseo voluntarioso que da saltos irresponsables o no se plasma en acción.

Sobredosis de marasmo

El socialismo o izquierdismo chavista, por llamarlo de alguna manera, pareciera haber inyectado en la sociedad venezolana una sobredosis de marasmo a través de la dádiva oficializada en misiones, ayudas, sinecuras, pensiones, becas, subvenciones y pare de contar, que ha dejado como cosecha un pueblo incapaz de reaccionar ante el abuso gubernamental. Una población “achinchorrada” que pregunta con desgano frente a la serpiente que viene a inocularle su veneno “qué es bueno para la picada de culebra” en lugar de huir.

Un país casi cataléptico.

La situación es grave, pues estamos en presencia de una sociedad que, al parecer, se ha decantado por alienar su papel de defensor de los valores democráticos.

No hay “nosotros” sin un “yo” que lo anteceda, pero es precisamente allí donde decide actuar el comunismo totalitario en aras de un supuesto colectivo que se supone por encima del individuo.

Y es que la variante violenta del socialismo —precisamente, la que se ha implantado en Venezuela— desde la segunda mitad del siglo XX no son otra cosa que tiranías militaristas  que están al servicio de la nueva clase que ostenta el poder. Tal estado conduce a la idiotización de los pueblos.

En tales circunstancias —y dada la política de terror aplicada por los gobiernos totalitarios— el miedo comienza a expandirse y la población a callar. Con el tiempo, el silencio y la inacción se conforman como parte de su ser, de su idiosincrasia.

Las cotidianas colas para comprar los pocos alimentos y medicinas que se consiguen no son un fenómeno exclusivo de Venezuela. No. Eso ocurrió en la Unión Soviética, en el Chile de Allende y en la Cuba de los Castro, por nombrar sólo tres casos. La fórmula es sencilla: un pueblo con hambre es un pueblo que no protesta, que no se queja y acepta impávido la realidad que le circunda.