miércoles, 27 de octubre de 2021

Manifiesto sobre las causas de la pobreza material y espiritual venezolana

   La pobreza afecta a millones de personas, poder comer y tener salud pasa por educarnos, y esto es buscar el bien común sin prejuicios. Es pensar.

José Rafael Herrera y Carlos Enríque Ñañez


“El entendimiento sin la razón es ciego.
La razón sin el entendimiento es vacía”.

Inmanuel Kant.

“El entendimiento sin la razón es algo.
El entendimiento no puede ser relegado”.

G.W.F. Hegel.

La pobreza espiritual

-I-

   Según Spinoza, vivir a plenitud, vivir con justicia y libertad, siendo copartícipes de la más auténtica equidad y armonía de la riqueza material y espiritual del Ethos, depende del esfuerzo por conquistar el Bien Supremo. No obstante, para poder conquistarlo, es necesario transitar por el camino del Bien Verdadero, para lo cual se hace indispensable el abandono de los prejuicios y, con ellos, de las ficciones acerca de lo que se presume sea lo “auténtico y positivamente bueno”, a saber: la acumulación de ingentes riquezas, las insaciables ambiciones de poder o la exacerbada sexualidad. Si en verdad se quiere conquistar el Bien Supremo, es indispensable superar tales presunciones, esas formas de proyección enajenada, que son características del comportamiento de los idiotas, es decir, de quienes no se ocupan de los asuntos públicos sino de sus intereses privados. La pobreza de Espíritu es, en efecto, la consecuencia de la pérdida de las virtudes republicanas. Quizá sea por eso que los idiotas sirvan como emblema de la pobreza de Espíritu. En una época de pensamiento débil y culto a lo privado, como nunca antes, se hace impreterible reemprender el camino, develar el morbo del extrañamiento y penetrar en los diversos grados del saber, procediendo desde el “conocimiento de oídas o por vaga experiencia” al “conocimiento que va desde las causas hasta los efectos” y, una vez conquistado este último, reemprender el trayecto, es decir, reconstruir el proceso que va “desde los efectos hasta las causas”. Porque, como señalaba Spinoza, no es posible separar el bien ni de lo estéticamente bello ni de lo efectivamente verdadero. Y es esa la razón por la cual el camino del Bien Verdadero es el único camino adecuado para conquistar el Bien Supremo.

  La bondad y la belleza están en íntima relación con la verdad. Son el fundamento de la auténtica riqueza espiritual, la base de toda auténtica ciudadanía. Constituyen expresiones diversas de una misma sustancia, de una misma totalidad orgánica. El saber es más que el conocer, porque mientras el conocer exige separarse del objeto el saber descristaliza, fluidifica y reunifica. El saber es productivo. El conocer es reproductivo. Saber quiere decir hacer concrecer el Espíritu, reconociéndose con la totalidad. Si el conocer es concebido como el elemento rector de la existencia, la luz de la verdad se trueca en tiniebla y la riqueza alcanzada deviene pobreza sistemática, crónica y endémica. La pobreza de Espíritu no es un accidente, ni el fatum de un natural devenir de la historia de las naciones. La pobreza de Espíritu es la consecuencia necesaria del dominio, de la hegemonía dictatorial, del entendimiento abstracto y de su “brazo armado”, la ratio instrumental.

   Alemania dejó de ser el país de la gran filosofía clásica a partir del momento en el cual sus investigaciones comenzaron a abandonar “el tercer grado de conocimiento” spinozista para concentrarse en el desarrollo y potenciación del entendimiento abstracto y de la razón instrumental, profusamente estimulados por el neo-kantismo. Abandonaron, ya desde los tiempos de Federico Guillermo IV, el fértil terreno de la eticidad para promover la institucionalización de una racionalidad de “causas y efectos” sin retorno. Claro que sus logros para el desarrollo científico, técnico e industrial fueron relevantes y de suma importancia. Pero el resultado de todo ello fue la barbarie del nacional-socialismo, que terminó por empobrecer el espíritu alemán hasta sus cimientos. Venezuela, desde el momento en el cual se concentró en la construcción de una república democrática, le atribuyó una significación especial al desarrollo de la filosofía y de las llamadas “ciencias del espíritu” en general, las cuales ella misma había atesorado, incluso, no pocas veces ocultándola de las montoneras que durante la larga noche de los caudillos la habían perseguido. A partir de los años '60 del siglo XX, la recién estrenada democracia puso sus esfuerzos en recuperarla y desarrollarla, y no dudó en ofrecer cobijo a los filósofos que huían de Europa, a fin de que contribuyeran con el fortalecimiento del Espíritu en la Venezuela que comenzaba, finalmente, a levantarse.

    Pero la introducción del posterior modelo educativo “desarrollista”, que en el fondo perseguía incorporar el país a la competencia con los mercados internacionales en aquellas “áreas estratégicas” en las que podía competir, echó a un lado la formación del Espíritu, que ya se hallaba encaminada, para promover, cada vez más, el estudio de las áreas técnicas y productivas o, como entonces comenzaron a ser denominadas, “científicas”: economía, administración, ingeniería, química, agroindustria, farmacia, ingeniería de sistemas, en fin, áreas sin duda de suprema importancia para el desarrollo industrial, comercial y financiero del país, y que son, sin lugar a discusión, fundamentales e insustituibles, si se piensa en el crecimiento de la riqueza material de una nación, especialmente cuando se trata de su legítima aspiración a estar ubicada a la altura de su tiempo. Pero se cometió el grave error de desestimar la formación ciudadana y, con ella, cayeron en desgracia las ciencias del Espíritu, las cuales ya comenzaban a ser definidas como las “ciencias blandas”. Más bien, con el tiempo, los criterios metodológicos “exactos”, “indudables” e “indiscutibles”, propios de las ciencias “duras” fueron progresivamente sirviendo de soporte para el estudio humanístico. Si aquellas ciencias eran absolutamente incuestionables y, además, productivas, entonces sus fundamentos también podían ser “aplicados” a las “ciencias blandas”, a objeto de proporcionarles algún rigor epistémico, del cual, según ese criterio generalizado, carecían, y con ello justificar su permanencia en los diferentes grados de los pensa de la educación académica.

   De este modo, las formas, deliberadamente esterilizadas de todo posible contenido, terminaron por sustituirlo. Lo que importa es “seguir el método”, el “cómo se hace”. Más bien, el “método científico” devino el único contenido posible. Sus “leyes” sustituyen la realidad. Al final, los nominalismos siempre terminan en materialismo crudo y éste en la mayor pobreza espiritual. Todavía en el “Discurso” de Descartes se puede sentir el aroma propiamente especulativo, ontológico, que sustenta su revolucionaria interpretación filosófica moderna. Pero no fue siguiendo a Descartes sino a Mario Bunge o a los teóricos de su misma ralea, que se obtuvo el modelo inspirador de la novísima enseñanza de la aplicación de la reproductividad técnica del conocimiento. Preguntarse por “las causas primeras” significaba perder el tiempo. Las creaciones del Espíritu son un lujo para el divertimento de los sibaritas, que es una manera de decir “para perder el tiempo”. Y entonces, por ejemplo, la “Didáctica” deriva en una disciplina que consiste en aprender a enseñar con independencia de lo que se enseñe. No posee contenido alguno ni objeto de estudio. No lo necesita. Y es que no importa lo que se enseñe con tal de que se siga “el patrón”, los pasos metodológicos correspondientes, para “enseñar a aprender”. Las fórmulas “puras” -en realidad, abstractas- fueron ocupando el universo de la enseñanza transmutada en “docencia”, con absoluta independencia de su adecuación al ser social, a sus determinaciones y especificidades. Entonces se abrió, progresivamente, el sendero de la asombrosa situación en la cual la mayor parte del cuerpo social de profesionales y técnicos del país, a medida que iban siendo cada vez más eficientes, más competentes y productivos en sus respectivas áreas laborales, en esa misma medida iban mostrando un más creciente y sucesivo grado de ignorancia y una sostenida pérdida de las virtudes republicanas. Con ello se decretó la muerte del Ethos venezolano. Ya no importaba si el acusado en un juicio tenía o no derecho, si la justicia tenía la obligación de prevalecer: lo que contaba, ahora, era el estricto seguimiento de la ley positiva, la estricta imposición de sus fórmulas, de sus “métodos” y “aplicación”, no pocas veces transmutadas en trampa. Es el derecho vaciado de derecho. Un político que no sabe lo que dice y dice lo que no sabe. Un profesor titular de matemática, doctorado en una universidad europea, sin léxico, carente de vocabulario, que adolece absolutamente de la más mínima noción no sólo de la sintáxis o de la dicción, de lo que se dice y de cómo se dice, sino de lo que ni se puede ni cabe decir en sentido estricto. Un estudioso de las ciencias sociales, con las más elevadas credenciales, especialista en metodología, que llega a ser un rector universitario, pero que, en sus discursos, al referirse a la institución que preside, habla de ella no como de “la universidad”, sino como de “la universidag”. Una experimentada docente del campo del Trabajo Social, que dirige el Centro de Estudios de la Mujer, habla de “los espacios y las espacias”. El experto en “enseñanza de la educación”, vicerrector de una universidad, se refiere a la necesidad de “adquerir” nuevas “unidades autobuseras”. Los ejemplos podrían ser infinitos. En fin, se trata de que la pérdida sostenida del lenguaje da cuenta del desgarramiento de las formas y los contenidos, de la absoluta inadecuación del ser, del hacer, del pensar y del decir. Ahora el gansterato puede ejercer sus funciones con plena libertad.

   La pregunta que conviene hacerse, en este sentido, es la siguiente: ¿qué relación existe entre la escisión de forma y contenido, el mal empleo de la lengua y la cada vez más acentuada pobreza del Espíritu de una sociedad? La pobreza comienza en el Espíritu. O mejor dicho, se inicia cuando el Espíritu se va haciendo extraño, ajeno, no solo respecto de sí mismo sino de la actividad material, efectiva, que configura su objetivación. En este sentido, el trabajo enajenado es una fuente continua de producción de pobreza espiritual. A medida que la Sofía se va desvaneciendo, la techné va alimentando su empobrecimiento, y surge entonces en él la dialéctica de la esperanza y el temor. Se tiene temor de que lo que se espera no suceda. Se tiene esperanza de que lo que se teme no suceda. O a la inversa. La entrega y sometimiento del Espíritu a la techné -la tecnocratización del Espíritu- es, en efecto, el origen del subyugamiento de la esperanza y el temor. Su síntoma inequívoco y, al mismo tiempo, la confirmación efectiva de su presencia, está dada por el cada vez mayor uso inadecuado del lenguaje. El lenguaje precario, paupérrimo, mal hablado, mal escrito y peor estructurado, no es la causa de la pobreza espiritual de los pueblos sino su consecuencia necesaria. Pero, a su vez, la sostenida depauperación del lenguaje reproduce y estimula la pobreza del Espíritu. Es un cáncer que se fortalece a medida que se retroalimenta. No sólo se trata del lenguaje hablado o escrito. Se trata, además, del lenguaje gestual, corporal, figurado, musical, es decir, de todo el sistema de representaciones paralingüísticas, incluyendo su sentido, significado y simbología. La apariencia física, la háptica, la proxémica, la kinésica, etc., son sus expresiones, premeditada y alevosamente promovidas por los mass media y las llamadas redes sociales. Una población de indigentes, dependiente, heterónoma en todos los aspectos de su existencia, pobre en el sentido estrictamente material del término, tiene en el empobrecimiento de su Espíritu su mayor garantía. Y así como el acartonamiento y la resequedad de la ratio técnica sumerge la jornada laboral de los individuos en una condena inevitable -cuyo mejor símil es el del “eterno retorno” de la “cadena de montaje” fordista-, mecánica, aséptica, incolora e insabora, “metodológica”, carente de sorpresas, de entusiasmo y de emociones, del mismo modo -y a un mismo tiempo- se multiplican al infinito los llamados al “pare de sufrir”: la superchería, la astrología, la pornografía, la drogadicción, los “sábados sensacionales” o “gigantes”, los “no estamos solos”, las “bombas”, los concursos “sorprendentes”, las estadísticas -¡los “scores”!-, los films “premiados por la academia”, la música que no lo es, si es verdad lo que de ella decía Platón: medicina para el enriquecimiento del Espíritu. En fin, el ser como mera existencia de un lado y el deber como mero desiderato del otro. La esquizofrenia llevada al paroxismo por la industria cultutal. La pérdida absoluta de la imaginación productiva, como unidad originaria de sujeto y objeto. La supresión absoluta, como diría Spinoza, del “tercer grado de conocimiento”.

   Es evidente que una sociedad que ha sido obligada a no educarse estética, ética y ontológicamente, y a la que más bien se le ha inculcado desprecio por el saber, tenga que terminar secuestrada por un grupo gansteril, en nombre de un impúdico sistema populista y rentista, que hoy, por cierto, se encuentra en bancarrota. No aprender a pescar, sino sólo a recibir el producto de la pesca, tiene sus consecuencias. Obligadas a formar parte de las llamadas “misiones”, las grandes mayorías se hayan atrapadas en las redes de la crudeza de la necesidad, del miedo ante el desbordamiento de la amenaza latente, de la sobresaturación de la violencia como paradigma de vida y del uso de un lenguaje tan devaluado, tan empobrecido, como su signo monetario. Todo lo cual permite comprender la cruel manifestación, unas veces, de la esperanza como inversión de la realidad y, otras veces, del temor como reinversión de la ficción.


   Se impone la imperiosa necesidad de superar, desde sus raíces, el carcomido andamiaje educativo nacional y, con él, la mediocridad, la inescrupulosidad y el cinismo del lucro que anima a los medios de comunicación e información de masas, a objeto de elevar no sólo la calidad de sus programaciones, sino la de su lenguaje. La recuperación cultural, teniendo en mente el enriquecimiento del Espíritu de la sociedad entera, pasa por la creación de un sistema de enseñanza que contemple la instrucción y la educación estética, ética y de búsqueda de la verdad, en el que se adecúen las formas y los contenidos, el ser con el pensar, el decir con el hacer. Un sistema de educación en el que la democracia, la libertad, la solidaridad, la responsabilidad, el compromiso, el respeto a la diversidad y al disentimiento, sean los soportes que logren poner fin a la violencia, a la agresión, a las formas barbáricas, destructivas y autodestructivas del ser social. La producción filosófica, literaria, estética, histórica, son prioritarias. Se trata de devolverles el lugar que les corresponde en aras del enriquecimiento del Espíritu. Superar la pobreza de Espíritu depende de la transformación del sistema general de educación. Hay que superar la ilusión del método. No habrá riqueza material en la sociedad mientras no se cultive con tesón la riqueza espiritual. Y es muy probable que se trate de una labor que requiere de mucha paciencia en el tiempo. Pero sólo ella hará posible el salto cualitativo desde la miseria, en la que hoy se encuentra sumergida Venezuela, hacia la Venezuela de paz y prosperidad ciudadana que bien merecen sus pobladores. La Venezuela de hoy ya nada tiene que perder más que a sí misma. La Venezuela que exhortamos a construir tiene todo un mundo por ganar.

-II-

“Ninguna sociedad puede ser feliz y próspera si la mayor
parte de sus ciudadanos son pobres y miserables”.

Adam Smith

“El análisis de la pobreza debe estar enfocado en las posibilidades que tiene un individuo de funcionar, más que en los resultados que obtiene de ese funcionamiento”.
Amartya Sen


Pobreza de Venezuela

    El grado de catástrofe humanitaria que atraviesa Venezuela es el resultado necesario de la concentración de un modelo de abordaje del poder basado en el populismo y el clientelismo como mecanismos de instrumentalización política. Si bien es cierto que en el periodo conocido como Cuarta República, que calificaremos como periodo republicano y democrático, el país ostentó solidez democrática y niveles de progreso innegables, en los cuales la esperanza de vida se elevó de 53 años en 1958, hasta más de 72 años de edad para finales de 1998. Exhibiéndose más de 98.000 kilómetros de vialidad y aumentándose el número y calidad de las instituciones universitarias, de tres universidades a mediados del siglo XX, a más de 400 instituciones universitarias al iniciarse el siglo XXI. Con el sistema democrático surgió una Venezuela moderna, con un envidiable ingreso per cápita, haciendo del país un auténtico refugio para europeos y latinoamericanos que huían de las guerras, las dictaduras y el hambre en sus países de origen. Ello a pesar de la presencia de graves problemas que ya se advertían, basados en la hipertrofia del Estado y la sintomatología tropical de una suerte del “mal holandés”, donde el súbito aumento de los ingresos alteró las relaciones sociales y el Estado multiplicó sus atribuciones.

   La crisis se hizo inevitable. Vino de la mano de una prosperidad mal administrada. Durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez se acometieron las nacionalizaciones de las industrias del hierro, el aluminio y el petróleo. El súbito incremento y concentración del poder económico propiciaron una correlación nociva entre ingresos exponenciales y corrupción. Tanto el presidente Pérez como sus sucesores potenciaron la mentalidad populista. La población se acostumbró, peligrosamente, a esperar del Estado la solución de sus problemas en lugar de fomentar capacidades individuales. Así, el problema no era de producción económica sino de distribución. La segunda llegada de Pérez a Miraflores imponía seriedad en las finanzas y el decantarse por un necesario plan de ajustes económicos, lo que supuso encontrarse con la barrera de la gnosis de una población acostumbrada al clientelismo. Sus detractores internos y externos jamás le perdonaron que el hombre de la prosperidad se decidiera por la austeridad. El resultado condujo a los desórdenes callejeros del 27 de febrero de 1989.

   No obstante, el plan de ajuste y la recuperación de los precios del petróleo comenzaron a rendir frutos en crecimiento económico, pero la población tenía una pésima imagen de este programa, y el cuatro de febrero de 1992, una población que perdía su pulso democrático, mostraba simpatías con un grupo de golpistas que intentaron el -fallido- derrocamiento del presidente Pérez.

   El resultado fue la salida de Pérez, acusado por manejos oscuros de una partida secreta. El interregno de Ramón J. Velásquez y la segunda presidencia de Caldera, quien llegó al poder con un discurso fieramente populista, luego de separarse del partido socialcristiano COPEI y rodease de grupos de izquierda, que tuvieron que ceder a la aplicación de las mismas medidas de ajuste propuestas en el año 1989, a la luz de los resultados nefastos en materia de inflación, además de los efectos de una crisis financiera muy grave, que arrasó con el 70% de la industria bancaria. Esta lección de humildad la suele dar la economía a quien pretende abordarla sin el conocimiento de sus lemas y axiomas. Así pues, se sembraban las bases para la irrupción de Hugo Chávez en la historia nacional.

   El caudillo, de cara pintada, le salió a Venezuela como los golondrinos le brotan a los pacientes afectados de una severa infección. Naturalmente, hundiría al país en el horror y la violencia, pero la ficticia representación de construir la figura de un vengador contra el status quo, llevó a toda una sociedad hipnotizada por este demagogo a permitirle abusar de los derechos económicos, ciudadanos y políticos.

    En la idiosincrasia de Chávez, violenta y cuartelera, no existían sino atavismos extraídos de la mitología latinoamericana de mediados del siglo XX. En un país dependiente del estatismo, Chávez elevaría los contornos del Estado a niveles impensables. Además de imponer absurdos controles económicos, se logró sustituir cualquier vestigio constitucional, y en un país en dónde el Estado de Derecho es una ilusión acomodaticia, se consiguió establecer la tesis de doctor Hans Frank, un nazi notorio que llegara a manifestar que la constitución del III Reich es la voluntad del Führer. La constitución de los venezolanos es la voluntad de Chávez. Y es que el caudillismo es eso: una trasferencia ciega de poderes. Los recursos del Estado fueron empleados, de forma y fondo, para financiar un proyecto personal, algo semejante a lo que hicieron Mussolini y Hitler en los años veinte y treinta respectivamente para diluir las instituciones.


   Chávez entró y salió repentinamente de nuestra historia. Pero su impronta quedó marcada cual queloide en el rostro institucional de toda una generación, y de un país al cual le impidió ingresar al siglo XXI y lo defenestró al caudillismo anacrónico y violento del siglo XIX. Así pues, Chávez logró copiar la receta dictada desde la Habana, por un modelo de revolución estalinista, que logró diluir las instituciones y mutarlas por otras propicias a sus aviesos fines. La bonanza del chavismo, ese billón de dólares recibidos por el incremento sostenido de los precios del petróleo, se dispendiaron, se usaron en toda suerte de corruptelas indecibles y en la instauración de una impenitente cleptocracia y financiamiento de la expansión de su modelo fallido que comenzó a demostrar su inviabilidad desde 2006 y se sostuvo hasta la repentina muerte del caudillo en 2013, dejando las bases de un umbral de hiperinflación agravado por su vástago y heredero político.

   Abordar el tema de la pobreza material impuesta por el chavismo, una vez agotada la bonanza petrolera, de los años del cadivismo o “los pobres felices”, nos lleva de manera obligatoria a usar la obra de Phillip Haslam y Rusell Lamberti, la cual contextualiza los efectos nocivos que acarrea la destrucción del dinero como institución social, el hecho de escindirle cualidades a este instrumento esencial en la vida cotidiana destruye la esencia institucional de cualquier República. Así pues, Venezuela, otrora paradigma del mundo en desarrollo, exhibe el peor rendimiento en materia económica del planeta.

      Nuestras realidades dejaron de ser occidentales y se han trocado en realidades propias de las naciones de la empobrecida e inestable África subsahariana. No somos ya un país con realidades económicas comparables con el hemisferio occidental, del cual formamos parte y de cuya contextualización cultural desearían sacarnos nuestros verdugos y artífices de este daño singular en materia económica, el cual se mide más allá de meros guarismos, interpretaciones vacuas de modelos econométricos que caen rendidos contra una realidad semejante a la de un muro construido con la argamasa de la antigualla hiperinflacionaria, que se ha instalado cual buitre en nuestra nación, viendo como la explosión de las estructuras de precios y costos van desvaneciendo a toda una nación que hoy mismo pareciera haber sido asolada por un cataclismo natural o un conflicto bélico.

   Venezuela consolida cuarenta meses en una amarga y feroz hiperinflación, superior a la vivida por Zimbabue, una nación africana destruida por este fenómeno y gobernada por un tirano, Robert Mugabe, a quien Hugo Chávez invitó al país para obsequiarle la espada de Bolívar; en esa frenética tara mental de pretender escindirnos de Occidente, el fenómeno de hiperinflación de Venezuela, causante de esta peculiar y singular pobreza que hoy supera el 80% de la pobreza del ingreso de manera extrema y que, en cifras gruesas, hace pobres a más del 92% de la población, la referencia directa implica el lapidario hecho de que por cada diez hogares nueve, en promedio, son pobres y ocho son incapaces de comer. La crisis es superior y por mucho al de la africana y lejana Zimbabue, pues al fenómeno nacional debemos de agregar los temas de los vínculos del Estado con grupos irregulares, la violencia como locus de interacción y la capacidad infinita de represión asumida por la coalición instalada en el poder, por lo que cada quien determina sí las cifras, tanto del observatorio de finanzas, como las manejadas en el desempeño profesional de la economía, son baladí y un ejercicio vacuo desde el punto de vista científico. En lo particular, resulta necesaria la consideración de este fenómeno de crisis multifactorial de la economía como la causante del acelerado y violento proceso de tránsito hacia la miseria y de la imposibilidad de darle respuestas desde el economicismo puro a la dinámica que ha asumido el desordenado y primitivo proceso transaccional de dolarización que hoy en día vive el país, y que le imprime un caris de inequidad y desigualdad incompatible con la oferta ideológica y dialógica que el chavismo ofreció a una sociedad atolondrada que decidió conferirle todos los derechos, empezando por el económico, a la personalidad megalómana de Hugo Chávez.

   Venezuela ha soportado por cuarenta meses el abandono de toda lógica en la política monetaria y se ha impuesto de facto un desorden monumental desde el punto de vista fiscal, causante de un agujero en las finanzas públicas cercano al 30% del producto interior bruto. Esta brecha fiscal se ha financiado por la vía de la emisión monetaria manirrota, haciendo que la causa de la hiperinflación venezolana, sea elementalmente primitiva, unicausal y epifenómenica, y se pivote en la osadía de una hegemonía que ha secuestrado al Estado. La industria petrolera nacional, la tecnificada y eficiente “Petróleos de Venezuela”, fue la víctima inicial de esta bestia roja del neofascismo tropical, pues la revolución necesitaba recursos y, para ello, se debía purgar, a la manera de Stalin, a esta empresa petrolera de su talento humano; así se pasó de producir 3,5 millones de barriles de petróleo diarios en promedio, durante el intervalo 2000 a 2012, a empezar a ostentar cifras de 1,5 millones de barriles diarios, hasta llegar a la hipérbole de la ruina y miniaturizar nuestra producción de crudo a escasos 400 mil barriles diarios, una cifra comparable con la década de los años cuarenta. Es decir, el chavismo llevó el país de la mano ochenta años hacia atrás.

    La Venezuela de hoy exhibe una contracción de su PIB superior al 80%. Un reto para la comprensión macroeconómica. Haciendo la exégesis necesaria para lograr hacer inteligible tal contracción, se necesitaría afirmar invariablemente que la conducción del Estado por esta coalición, con vocación neo-totalitaria, ha sido más lesiva que una tragedia natural y que colide con los más elementales textos de la polemología de Clausewitz. Es menester aclarar que aún se habla sin remilgo alguno de una “guerra económica” contra el país, esto demuestra ora la pobreza de la gnosis ora la audaz capacidad de manipulación de quienes usurpan el poder. Pero en todo caso, han sido incapaces de advertir la diferencia entre causas y efectos, quizá con el deseo alevoso y premeditado de que el caos les permita perpetrarse en él mismo.

   Venezuela es un país sin dinero, desmonetizado y con un signo monetario nacional absolutamente repudiado y repudiable por el grueso de su población. Ante el primitivo fenómeno de la dolarización, solo como unidad de cambio para transacciones y no como unidad de cuenta y patrón de valor, se le adiciona un ejército de tecnócratas que solo se conforman con el cociente entre Liquidez Monetaria (M2) y tipo de cambio, para indicar que existe músculo para la recompra de depósito. Pero, desde luego, se resisten al análisis necesario para explicar la viabilidad de este proceso de dolarización en el tiempo, sin resolver las distorsiones que desde la hiperinflación le han sido atribuidas a la divisa, la cual hace crecer los precios medidos en dólares, por efecto de la apreciación y el rezago cambiario unido a procesos de desconfianza y desgarramiento del tejido social. Las expectativas, todas ellas negativas, han supuesto la eclosión de un fenómeno económico denominado inconsistencia dinámica, la ruptura de la confianza de que las políticas económicas consigan estabilidad y bienestar. La desmonetización supone desalarización y, desde luego, destrucción de las productividades individuales. No existen motivaciones para ser asalariado en un país en donde el salario mínimo no supera los 3 dólares al mes, los cuatro dólares para el sector público y unos inalcanzables y exiguos setenta dólares para el sector privado, los cuales resultan insuficientes para comprar una canasta alimentaria valorada en más de 280 dólares.

   La crisis en materia bancaria describe a un país al borde de un quiebre de toda la industria bancaria. La ratio “Reservas Bancarias/ Captaciones del público” es de menos de uno por ciento, y la ilíquidez produce insolvencia. De allí el inevitable quiebre del sistema bancario.

   Nuestro producto interior bruto es más bajo que el de Haití. Desplazamos a este desafortunado país insular francófono como referencia de la pobreza. La población ha sido reducida a una existencia menesterosa e indigna, sin servicios públicos, sin educación, sin acceso a la justicia, a la educación, a la salud, es decir, es una población a la cual se le han extirpado las cualidades de agenciación, que implican capacidades de desarrollo y libertad. Esa es la tesis básica del premio Nobel de economía Amartya Sen. Y es que, en efecto, Venezuela no pasaría el examen de desigualdad propuesto por este economista indio.

   En la frenética y empobrecida Venezuela de Maduro, la pobreza es una necesidad creada desde el régimen, a los fines y medios de instrumentalizar una propensión menesterosa y proclive a seguir siendo la causa del desorden fiscal que impulsa los desvíos macroeconómicos, desde el origen de una política de trasferencias que no garantiza el abatimiento de la pobreza, sino que construye un entorno pastoso y pegajoso, en el cual es imposible insuflar cualquier halito de progreso.

   Finalmente, la pobreza material se hace potable, tolerable y genera una estética que impide que la sociedad aspire a un bienestar propio, compatible con la dignidad humana. Esta pobreza que se mide fríamente en términos de cuatro dígitos de inflación, la destrucción del bolívar y una dolorosa caída de la actividad económica, abonan el terreno para la despersonalización e inhabilita las capacidades, promoviendo cualquier atrocidad regresiva que desde el plano ontológico puede ocurrir.

  Queda entonces demostrado cómo existe un tránsito desde la pobreza material hacia la servidumbre y otras formas de precariedad. Sobre esta inviabilidad del socialismo ya nos había prevenido Ludwig Von Mises y Friedrich Hayek, el primero en su obra La acción humana y el segundo desde sus aportes en La fatal arrogancia - los errores del socialismo-. En fin, la Venezuela del presente padece de una catatonia de la praxiologia que le impide movilizarse desde este estatus de desagrado hacia niveles de progresividad más cercanos a la existencia humana. La pobreza material solo nos produce la necesidad de escapar, como de hecho lo han emprendido más de seis millones de connacionales, pues es tan infernal y terrible la miseria de toda la población que aquellos quienes nacieron entre 2015 y 2020 vivirán en promedio cuatro años menos que la esperanza promedio de vida del venezolano nacido en años anteriores. Este espeluznante dato se extrapola de los encomiables esfuerzos investigativos de las Universidades Central de Venezuela, Católica Andrés Bello y Simón Bolívar.


    La pobreza material ha discapacitado a la eudaimonía o capacidad para el progreso, la virtuosidad y el florecimiento del ser humano. Así de simple, se ha pasado a otros niveles de pobreza y precariedad, que deben ser abordados desde otras ópticas que las meramente acotadas por las doctrinas economicistas, como dignas representantes, en el plano del estudio económico, del entendimiento abstracto.

    En este momento, se puede afirmar que Venezuela padece de la pobreza de las pobrezas. Es la concurrencia de la pobreza material con el grado de rudeza y depauperación sostenida en el lenguaje, el daño en la forma de pensar y, finalmente, en el desmedro espiritual, ya advertido en el abordaje filosófico, que debe y tiene que adecuarse a la descripción económica de la crisis, para permitir construir y reconstruir las causas y los efectos que produce la pobreza material y tangible, con las pobrezas inasibles, intangibles e inmateriales que se consolidan en un doloroso daño antropológico que, desde luego, impedirá retornar al pasado inmediato y reduccionista de la Venezuela guardada en la memoria. El reto de esta Venezuela extraviada entre Escila y Caribdis, entre la violencia y la improvisación, supone la imperiosa necesidad de estimar y valorar la formación ciudadana y el imperio de las virtudes, en un equilibrio estable en el cual puedan coexistir, necesariamente, la Bildung y la Techné.




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